martes, 11 de diciembre de 2012

MP.

Siempre he sentido mucho interés por el futuro. Recuerdo una vez, en un mercado medieval, que me acerqué al puesto de una adivinadora para que me echase las cartas y me leyese las piedras. De hecho, yo misma me compré las cartas del tarot. El futuro es algo que inquieta a mucha gente, ¿qué será de mí cuándo acabé el instituto?, ¿será esté el chico de mis sueños?, ¿seré rico de mayor?, ¿tendré un BMW o quizá un chalet en la playa?, ¿cuándo moriré? o incluso una pregunta que ronda a todo el mundo, ¿qué hay detrás de la muerte?, ¿existe el más allá?. La gente es muy ignorante. Que te respondan a cualquiera de esas preguntas no te va a sacar de nada, creedme. Hace tiempo que sabes que algo va a ocurrir, intentas pasar lo mejor posible ese tiempo, intentas ser feliz. Sin embargo, cada día que pasa es un día menos en un calendario con final, un calendario que no se podrá ni sustituir por otro. Vas tachando días, estás agotado, temes lo que en realidad sabes que va a pasar. Y ocurre. Y lloras, no puedes evitar llorar. Pero, ¿si ya se sabía? Y es entonces cuando te das cuenta de que nadie vale nada, de que todos somos unas marionetas de un mundo que se acabará acabando. De que nadie nos pertenece. De que cada vez que hagas algo podría ser la última. Recuerdas aquella última vez que visitaste el salón de su casa. Y piensas que la próxima vez que entres ella no va a estar. Y bien queridos amigos, sabía que esto iba a ocurrir, y sin embargo, el resultado es el mismo que si no lo hubiese sabido. 
(MP)

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